¿Te cuesta regularte sin tirar de anestesias?
- Helena Carvalho
- 5 ene
- 2 min de lectura
La imposibilidad de descansar, la sensación de no poder dejar de producir aunque estés agotadx, la dificultad incómoda para poner límites, para habitar tu autoridad o para ocupar un lugar en el mundo sin tener que hacerte más pequeñ✷ para no incomodar, no son solo manías ni rasgos de tu personalidad: son, probablemente, expresiones muy concretas de un organismo que aprendió que aflojar, soltar o decir “no” podía tener un coste.
Muchas veces creemos que cambiar pasa por entender más y mejor lo que nos ocurre desde lo mental. Pero el cambio real no ocurre cuando lo comprendemos, sino cuando el cuerpo vive una experiencia distinta. Por eso, incluso después de largos procesos terapéuticos, seguimos reaccionando igual: el sistema nervioso no ha aprendido todavía que otra forma de estar es posible.
Para muchos de nostros, vivir tantos años -sin saberlo- en modo supervivencia no fue una elección. Fue la única forma que tuvimos de adaptarnos. Y cuando ese patrón empieza a aflojar, no siempre aparece alivio: aparecen miedos, desorientación, incluso una sensación de pérdida. Nuestro cuerpo se resiste no porque no quiera cambiar, sino porque no sabe aún que está a salvo.
Esto se vuelve evidente en lo cotidiano, cuando confundimos descanso con anestesia. Netflix, el scroll infinito, comer sin pausa o distraernos sin parar pueden adormecernos un rato, pero no llevan al cuerpo al estado donde puede reorganizarse y reparar. El descanso profundo solo ocurre cuando el sistema nervioso percibe seguridad ✷
Desde la fisiología del sistema nervioso autónomo, el estrés no es el enemigo. Es una respuesta protectora que nos moviliza cuando hace falta. Lo que agota es quedar atrapadas en una única respuesta: cuando sostenemos más de la cuenta, cuando decimos que sí cuando es no, y cuando vivimos en defensa permanente. El trabajo no es eliminar el estrés eso no es realista, sino enseñar al cuerpo otros caminos posibles para atravesar lo difícil sin abandonarse, sin que todo tenga que resolverse desde la tensión, el control, la complacencia o la hiperexigencia.
Nada de todo esto cambia con ideas bonitas e inspiradoras ni con más información. Cambia con repetición consciente. El cerebro aprende por experiencia. Lo que no se repite, no se integra.
Dejar atrás hábitos deshumanizados (ritmos que no respetan el cuerpo, exigencias auto-impuestas que ignoran nuestra fragilidad, formas de tratarnos que nunca tendríamos con alguien a quien amamos) no es sencillo. Por eso, el primer paso no es forzarnos a cambiar, sino mirar con honestidad cómo nos tratamos en lo cotidiano y comprender nuestra historia: qué tuvimos que sostener, de qué aprendimos a protegernos, y por qué ese modo de funcionamiento sigue activo incluso cuando ya no es necesario.
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